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LA FUNCION INTELECTUAL

La vida intelectual se encuentra hoy en una situación profundamente paradójica.

Por un lado, sólo hay dos o tres momentos de la Historia que puedan compararse con

el presente en densidad y calidad de nuevos conocimientos científicos. Es menester

subrayarlo sin la menor reserva; antes bien, con entusiasmo y orgullo de haber nacido en

esta época. La metafísica griega, el derecho romano y la religión de Israel (dejando de                

lado su origen y destino divinos) son los tres productos más gigantescos del espíritu

humano. El haberlos absorbido en una unidad radical y trascendente constituye una de las

manifestaciones históricas más espléndidas de las posibilidades internas del cristianismo.

Sólo la ciencia moderna puede equipararse en grandeza a aquellos tres legados. Pero, por

lo mismo, es menos comprensible el azoramiento que, inexorablemente, ataca a quien

quiera entregarse a una profesión intelectual: a pesar de tanta ciencia, tan verdadera, tan

fecunda y central de nuestra vida, a la que tantos de los mejores afanes humanos se han

consagrado, el intelectual de hoy, si es sincero, se encuentra rodeado de confusión,

desorientado e íntimamente descontento consigo mismo. No será, naturalmente, por el

resultado de su saber.

1. Confusión en la ciencia. No se trata solamente de la confusión radical que puede

reinar en algunas de las ciencias más perfectas de nuestro tiempo, tales como la física o la

matemática. Esta presunta confusión es, por el contrario, un signo más de vitalidad,

porque se trata de una crisis de principios. Una {6} ciencia es, en efecto, realmente

ciencia y no simplemente una colección de conocimientos, en la medida en que se nutre

formalmente de sus principias, y en la medida en que, desde cada uno de sus resultados, vuelve a aquéllos. Ningún progreso científico es comparable a aquel en que se perfilan y

se modelan antiguos y nuevos principios de una ciencia: Aristóteles, Arquímedes, Galileo,

Newton, Einstein, Planck, serán, por esto, los nombres que jalonan las etapas decisivas en

la historia de la física, inaugurando cada uno una nueva era de esta ciencia.

La confusión de que se trata no se refiere, pues, a esta crisis de principios. Es algo

distinto y más grave:

1.o

 Cada una de las muchas ciencias hoy existentes carece casi por completo de un

perfil marcado que circunscriba el ámbito de su existencia. Cualquier conjunto de

conocimientos 1w-mogéneos constituye una ciencia. Y cuando, dentro de esta ciencia, un

grupo de problemas, de métodos o de resultados adquiere suficiente desarrollo para

atraer por sí solo la atención del científico y distraerle de otros problemas, queda

automáticamente constituida una ciencia “nueva”. El sistema de las ciencias se identifica

con la división del trabajo intelectual, y la definición de cada ciencia, con el ámbito

estadístico de la homogeneidad del conjunto de cuestiones que abarca el científico. En

rigor, se opera tan sólo con cantidad de conocimientos. Pero no se sabe dónde comienza y

termina una ciencia, porque no se sabe, estrictamente hablando, de qué trata. Para que se

sepa de qué trata es menester precisar su objeto propio, formal y específicamente

determinado. La primera confusión que reina en el panorama científico actual se debe a la

confusión acerca del objeto de cada ciencia.

2.o

 Todas las ciencias se hallan colocadas en un mismo plano. No solamente carecen

de unidad sistemática, sino hasta de perspectiva. Da lo mismo una que otra. No existe

diferencia ninguna de rango entre los diversos saberes de la humanidad actual. En siendo

“científicos”, todos los saberes poseen el mismo rango. Parece que se ha llegado a todo lo

contrario de lo que afirmaba Descartes cuando decía que todas las ciencias, tomadas {7}

en su conjunto, constituyen una sola cosa: la inteligencia. En lugar de esta unidad, que

implica esencialmente unidad de perspectiva con diferencias de rango, tenemos un

conjunto de saberes dispersos, proyectados sobre un solo plano. La segunda confusión

que produce la ciencia se debe a esta sin igual dispersión del saber humano.

Este “plano científico” está determinado por el conocimiento de lo que se llaman los

“hechos”. Toda ciencia parte, en efecto, de un positum: el objeto, que “está ahí”, y no lo

considera sino en tanto que está ahí. Parece, entonces, que todas las ciencias han de ser

equivalentes en cuanto ciencias, precisamente porque todas son “positivas”. La radical

positivización de la ciencia actúa como un principio nivelador. Pero no se repara en que

tal vez no todos los objetos sean susceptibles de igual positivización. Y, en tal caso, si ese

su “estar ahí” no fuera igual para toda suerte de objetos, la positivización no sería

niveladora, y las ciencias, aun las más positivas, tendrían en su propio objeto integral un

principio de subordinación jerárquica.

II. Desorientación en el mundo. Y es que la función intelectual misma no tiene un lugar definido en el mundo actual. No, ciertamente, por falta de interés, sino porque esta

función se ha convertido en una especie de secreción de verdades, vengan de donde vinieren y versen sobre lo que versaren. Ante este diluvio de conocimientos positivos el

mundo comienza a realizar una peligrosa criba de verdades, fundada precisamente sobre

el presunto interés que ofrecen, interés que se torna pronto en una utilidad inmediata. La

función intelectual se mide tan sólo por su utilidad, y se tiende a eliminar el resto como

simple curiosidad. De esta suerte, la ciencia se va haciendo cada vez más una técnica.

Esto, que pudiera parecer nada más que penoso, es, en realidad, algo más hondo.

Este mundo, que se mide así por su utilidad, comienza a perder progresivamente la

conciencia de sus fines, es decir, comienza a no saber lo que quiere. Y entonces

sobreviene todo ese ensordecedor clamoreo en torno, en pro y en contra del “intelectual”,

porque, en realidad, este mundo no sabe dónde va. En lugar de un mundo, tenemos un

caos, y en él {8} la función intelectual vaga también caóticamente. “No es difícil ver —

decía ya Hegel hace más de una centuria— que nuestro tiempo es una época de

nacimiento y una transición hacia un nuevo periodo. El espíritu ha roto con el mundo de

la existencia y de las ideas que hasta ahora poseía, y se halla en vías de hundirlo en el

pasado y ocupado en la tarea de reformarlo. Es verdad que nunca está en reposo, sino que

se halla sometido siempre a un movimiento progresivo. Pero de la misma manera que en

el niño, después de una prolongada y tranquila alimentación, viene la primera inspiración

a romper lo paulatino del simple proceso incremental. y nace el niño, así también el

espíritu en formación va madurando lenta y reposadamente hacia su nueva forma, va

arrancando, uno tras otro, los pedacitos de la fábrica de su mundo precedente; su titubeo

se insinúa tan sólo por síntomas aislados: la frivolidad y el aburrimiento que muerden en

la existencia, el vago barrunto de algo desconocido son presagios de que se cierne algo

nuevo. Este paulatino desmoronarse, que no altera la fisonomía del todo, se interrumpe

por el orto, que, como un rayo, produce de golpe la hechura del nuevo mundo.” Y una manera especial de hundirse consiste justamente en no hacer sino sobrevivirse

en la imaginación. Buena parte de los “intelectuales”, y no siempre de los de menor

relieve científico, se sobreviven contemplando su imagen pretérita, en una impresionante

ignorancia de la transformación radical que la fisonomía del intelecto padece. Una de las

cosas que más impresionan al historiador que aborda el estudio de la época de Casiodoro

es observar la ingenuidad con que aquellos hombres, que para nosotros se hallan ya de

lleno en una nueva Edad de la historia, creen no hacer sino continuar en línea recta la

historia del Imperio Romano. Oyendo a muchos de los mejores intelectuales parece que

no se trata sino de volver a emprender la marcha por “el seguro camino de la ciencia .

Todo se resolvería volviendo a reconquistar el “espíritu científico”, el “amor a la

ciencia”. Olvidan que la función intelectual viene inscrita en un mundo, y que las

verdades, aun las más abstractas, han sido conquistadas en un mundo dotado de preciso

sentido. El hecho de que puedan flotar, sin mengua de su validez, pasando de un mundo a

otro, {9} ha podido llevar a la impresión de que nacen también fuera de todo mundo. No es así. La matemática misma se puso en movimiento, en Grecia, por la función catártica

que le asignó el pitagorismo; más tarde fue la vía de ascenso del mundo a Dios y de

descenso desde Dios al mundo; en Galileo es la estructura formal de la naturaleza. La

gramática nace en la antigua India, cuando se siente la necesidad de manejar con absoluta corrección litúrgica los textos sagrados, a cuyas sílabas se atribuía un valor mágico,

evocador; la necesidad de evitar el pecado de equivocación engendró la Gramática. La

anatomía nace en Egipto de la necesidad de inmortalizar el cuerpo humano. Se van

tomando uno a uno sus miembros más esenciales y se les declara solemnemente hijos del

dios Sol: este recuento fue el origen de la anatomía. La historia india nació de la

necesidad de fijar con fidelidad las grandes acciones pretéritas de los dioses; la fidelidad

y no la simple curiosidad engendró la historia en aquel país. Ninguna ciencia escapa a

esta condición. Por esto, el hecho de que las ciencias adquieran un carácter extrahistórico

y extra-mundano es índice inequívoco de que el mundo se halla afectado de interna

descomposición.

El hombre, en lugar de limitarse, como el animal, a conducirse en un ambiente, tiene

que realizar o malograr propósitos y esbozar proyectos para sus acciones. El sistema total

de estos proyectos es su mundo. Cuando los proyectos se convierten en casilleros, cuando

los propósitos se transforman en simples reglamentos, el mundo se desmorona, los

hombres se convierten en piezas y las ideas se usan, pero no se entienden: la función

intelectual carece ya de sentido preciso. Un paso más, y se renuncia deliberadamente a la

verdad: las ideas se convierten simplemente en esquemas de acción, en recetas y

etiquetas. La ciencia degenera en oficio, y el científico en clase social: el “intelectual”.

III. Descontento íntimo consigo mismo. Si el científico, el “sabedor de cosas" y

“poseedor de ideas”, al verse solo y desplazado en el mundo, recapacita y entra en sí

mismo, ¿qué encuentra dentro de sí con que justificarse? {10}

Posee, desde luego, unos métodos para conocer, que dan espléndidos resultados,

como jamás los hubo en otra época de la Historia. La exuberancia de la producción

científica alcanza grados tales, que se tiene la impresión de que la cantidad de

descubrimientos científicos excede enormemente de las actuales capacidades humanas

para entenderlos.

No se trata de ponerlo en duda ni de suscitar un fácil pesimismo, que, en definitiva,

sólo puede brotar en inteligencias pusilánimes y débiles. Nunca la inteligencia humana ha contado con más posibilidades que aquellas de que hoy dispone. Pero, mirado más hacia

dentro y examinada la situación con sinceridad, se ve:

1.o

 Que, en el científico, sus métodos comienzan, a veces, a tener muy poco que ver

con su inteligencia. Los métodos de la ciencia van convirtiéndose con rapidez vertiginosa

en simple técnica. de ideas o de hechos —una especie de meta-técnica—; pero han

dejado de ser lo que su nombre indica: órganos que suministran evidencias, vías que conducen a la verdad en cuanto tal.

2.o

 Que el científico comienza inquietantemente a estar harto de saberes. No es un

azar. Porque lo que confiere rango eminente a la producción científica es el sentido que

posee en orden a la intelección de las cosas, a la verdad. Por este sentido es el hombre

rector de su investigación y se afirma en plena posesión de sí mismo y de su propia

ciencia. Pues bien: en este conjunto de métodos y de resultados de proporciones ingentes

la inteligencia del hombre actual, en lugar de encontrarse a sí misma en la verdad, está

perdida entre tantas verdades. El intelectual se ve invadido, en el fondo de su ser, por un

profundo hastío de sí mismo, que asciende, como una densa niebla, del ejercicio de su

propia función intelectual.

Y es que sus saberes y sus métodos constituyen una técnica, pero no una vida

intelectual. Está, a veces, como dormido para la verdad, abandonado a la eficacia de sus

métodos. Es un profundo error pensar que la ciencia nace por el mero hecho de que su

objeto exista y de que el hombre posea una facultad para conocerlo. El hombre de

Altamira y Descartes no se distinguen tan sólo en que éste filosof a y aquél no, sino en

que el hombre {11} de Altamira no podía filosofar. Para que la ciencia nazca y continúe

existiendo hace falta algo más que la nuda facultad de producirla. Hace falta que se den

ciertas posibilidades. Penosa y lentamente, el hombre ha ido tejiendo un sutil y vidrioso

sistema de posibilidades para la ciencia. Cuando se desvanecen, la ciencia deja de ser

viva para convertirse en producto seco, en cadáver de la verdad. La ciencia nació

solamente en una vida intelectual. No cuando el hombre estuvo, como por un azar, en

posesión de verdades, sino justamente al revés, cuando se encontró poseído por la verdad.

En este “pathos” de la verdad se gestó la ciencia. El científico de hoy ha dejado muchas

veces de llevar una vida intelectual. En su lugar, cree poder contentarse con sus

productos, para satisfacer, en el mejor de los casos, una simple curiosidad intelectual.

Tenemos definida así una situación por algunos de sus caracteres esenciales:

 1 La positivización niveladora del saber.

 2.o

 La desorientación de la función intelectual.

 3.o

La ausencia de vida intelectual.

Más que caracteres fijos, son evidentemente tendencias observables en grado

diverso. Decía ya, al comienzo de estas líneas, que, por ejemplo, en algunas ciencias, una

fecunda crisis de principios es síntoma manifiesto de pujante vitalidad. Pero es evidente

que la realidad de esos tres caracteres que acabamos de subrayar constituye el peligro

radical de la inteligencia, el riesgo inminente de que deje de existir la vida en la verdad.

En esta trágica lucha en que se decide la suerte de la inteligencia el intelectual y la ciencia se ven sumidos, a un tiempo, en una peculiar situación, en nuestra situación. A

fuer de tal, lo primero que debe hacerse es aceptarla como una realidad de hecho y

afrontar el problema que plantea: la restauración de la vida intelectual. 

 

 

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